jueves, 29 de diciembre de 2011

Capítulo 8. Reina Lilian

Izel se había ido hacía unas horas. Llevaba acurrucada en la repisa de la ventana todo aquel tiempo, llorando. Me sentía pequeña, débil e indefensa ante todo aquello. Echaba de menos todo. Pensé en mi madre y en David, y en lo preocupados que estarían por mí. Me les imaginaba sentados al lado de la cama del hospital, llorando por mí como yo lloraba por no estar con ellos. Saldría en los periódicos, se conocería mi caso. Hasta que todo el mundo me olvidara porque no había cambios. Estaría en coma de por vida.
Lloré aún más. Golpeé el cristal con el puño, pero sólo conseguí hacerme daño. Furiosa, me levanté y crucé la habitación. Necesitaba algo para volver a casa, lo que fuese. Incluso el suicidio cruzó mi mente. ¿Conseguiría volver a mi mundo de esa forma? No pude pensar más, porque alguien entró en la habitación y me giré.
    - ¿Señora…? – musitó una dulce voz. La reconocí al instante. Era la voz de quien me había estado hablando en la Tierra.
    - ¿Celeste? – pregunté.
    - Sí, soy yo  - dijo tímida. La observé mejor. Apenas era una niña, ni siquiera pasaba de diez años. De delicadas facciones y tez pálida, al igual que Izel. El pelo rubio y corto por los hombros, aunque más largo por delante. Habían dejado la misión de comunicarse conmigo a una niña.
    - Perdonadme – dijo – No supe cómo comunicarme con vos adecuadamente.
  No podía enfadarme con una niña.
    - No pasa nada – contesté, aunque quizás las palabras me salían con un toque de amargura – Ya estoy aquí.
  Celeste avanzó y se sentó a mi lado, en una de las sillas perfectamente adornadas de la habitación.
    - Se ha filtrado la noticia – dijo ella – En las ciudades se sabe de vuestra llegada. El Consejo opina que deberíais salir y presentaros.
  Resoplé. ¿Quién narices era el Consejo? Yo no quería salir a ver a nadie.
    - Sin embargo – siguió Celeste – Yo opino que no. Hace sólo unas horas que habéis llegado aquí y no creo que estéis preparada.
    - Tendré que salir, ¿no? – dije. Pensé que nadie iba a tener en cuenta la opinión de una niña.
    - Así es – dijo con amargura. Empezaba a tomármela en serio, no hablaba como una niña de diez años – De momento, el Consejo quiere hablar con vos. Os acompañaré hasta la sala central.
Salimos de la habitación para internarnos en un largo y ancho pasillo. Tuve la tentación de escapar por alguna de los montones de puertas que había a los lados, sin embargo seguí a Celeste. Si escapaba y me perdía me metería en un problema. Llegamos a una enorme sala, blanca, como todo allí. Una serie de columnas formaban un círculo, cada una con un sillón rojo aterciopelado y un ocupante. Todos hablaban entre sí. El sillón más grande, dorado y blanco, estaba vacío. Todos se giraron cuando yo entré y se levantaron. Había tres hombres y tres mujeres, todos observándome con curiosidad y devoción. Miré al suelo avergonzada sin apenas echar un vistazo a su aspecto. El más mayor de los hombres se adelantó.
   - Paz, Majestad
  Celeste habló bajando un poco la voz
   - Es un saludo, Majestad. Tan solo diga “paz”
   - Paz – repetí.
  Me atreví a mirarle. Era muy anciano, de piel morena y llena de cicatrices. Su rostro mostraba las mil batallas que habría sufrido aquel hombre. Era alto y parecía haber sido fuerte y buen guerrero. Sus facciones eran duras, ojos entrecerrados, labios finos y pelo canoso.
   - Mi nombre es Aro – dijo con una voz profunda y ronca – Bienvenida al Mundo de las Almas.  Me presento como Superior del Consejo y representante de la ciudad de Grentia y de la montaña.
 Asentí nerviosa. El hombre dibujó un semicírculo con el brazo para presentarme al resto del Consejo, y me atreví a mirar. Pudiendo verles mejor, no me parecieron hombres y mujeres tan normales. No podía creer lo que estaba viendo. Aro se dio cuenta de lo sorprendida y asustada que estaba y siguió hablando.
    -  El Consejo está formado por representantes de todas las zonas de la región. Cada zona tiene sus propias criaturas, como podéis comprobar.
Aro estaba sentado en el último sillón de la derecha. A su lado, ya sentada, una anciana me miraba sonriente. Parecía aún más mayor que Aro. Tenía un pelo plateado larguísimo. Sin embargo, me llamó más la atención su piel, con un toque verdoso.
    - Ella es Silb, de las aldeas Tsair, pertenecientes al bosque Katatt – dijo Aro. La anciana se levantó y me dedicó una profunda reverencia.
  Inmediatamente, el hombre de su derecha se puso de pie. De mediana edad, entre treinta y cuarenta años, y musculoso, como el más fuerte de los guerreros de un ejército. Tenía una expresión seria, y sus brazos descubiertos enseñaban montones de cicatrices. De su cadera colgaba la funda de su espada.
    - Me presento como Zamir, Majestad. Provengo de la ciudad central,  Mens. Soy jefe del Ejército Supremo, en el que se reúnen los ejércitos de cada zona de la región.
  Asentí de nuevo. Por mucho que mirara a aquel hombre, no parecía tener ningún rasgo extraño, y habría pasado desapercibido en mi mundo, de no ser por su extraña ropa.
Aquello seguía siendo demasiado nuevo para mí, y ya ni siquiera recordaba de dónde procedía cada uno, pero procuré acordarme de los nombres.
Otra mujer se puso en pie. Aunque posiblemente alcanzaba los cuarenta años, era muy bella. Pero algo me sorprendió más. Esa mujer tenía unas preciosas alas blancas en la espalda. Aunque las tenía recogidas, eran preciosas. Sonriéndome, se presentó:
    - Mi nombre es Lida, representante de Aether, la ciudad alada y hogar de los ángeles.
 Respondí a su sonrisa maravillada. Sus ropas no rompían esa armonía. Un precioso vestido blanco y dorado que caía hasta el suelo. Sin dejarme tiempo para más, un muchacho joven esbelto y de cabellos rizados de oro se levantó. Pude ver una de sus manos y él lo percibió, puesto que me sonrió entre avergonzado y divertido.
    - Soy Dyliak, de la ciudad más oculta de toda la región. Represento a Gali, en el fondo del lago Uax.
 Intenté retener algo de información, pero empezaba a estar confusa. Todos allí me observaban y se presentaban. Llevaban toda su vida allí, y yo no les conocía, ni conocía ninguno de los lugares que mencionaban. Repasé mentalmente los nombres de todos.
Dyliak alzó la cabeza orgulloso al nombrar su ciudad de origen, lo que me permitió descubrir las agallas de su cuello.
Aún quedaba otra muchacha, la que menos me había mirado. Cubierta por una gran túnica marrón, sólo dejaba ver su rostro. Era joven, quizás veinte años. Su piel era muy morena, sus ojos verdes miraban con seguridad y estaban cargados de fuerza. Contrastaba con toda la blancura y pureza que llenaba aquel castillo.
    - Soy el miembro más reciente del Consejo – dijo con una voz fuerte y segura, igual que su mirada – Mi nombre es Azalea y provengo del desierto. Represento a éste y a todas las aldeas Okras repartidas por él.
 Al contrario de los otros, quienes me miraban con respeto, como si fuera algo superior a ellos, Azalea me observaba con curiosidad. No aguanté la mirada y volví a mirar al suelo. Aro retomó la palabra.
    - Creemos que lo más acertado sería que os presentaseis ante el pueblo. En otras circunstancias, habríamos esperado unos días, pero la noticia ha corrido rápido, ya que era algo que no se esperaba. Izel aún tenía años de reinado por delante, y todos quieren saber quién ha sustituido a una reina joven y fuerte. Creen que vos tenéis algo diferente a las demás.
   De pronto sentí una carga de responsabilidad nueva, que cayó sobre mí como un plomo, y sentí calor en los ojos. Cada minuto que pasaba, me sentía más lejos de volver. Sentía como ese nuevo mundo me atrapaba, y todos me creaban una nueva identidad que yo no quería obtener.
    - Majestad – instintivamente, levanté los ojos del suelo y le miré. Había comprensión en su mirada – Es preciso que salgáis a presentaros. Después podréis pasar unos días en tranquilidad para acomodaros al castillo y a vuestra nueva vida. El Consejo entendemos la dificultad que tiene para vos. Os pido tener paciencia. Ahora todo es nuevo, pero pronto comprenderéis.
  Asentí una vez más, a riesgo de parecer idiota. Sin ser realmente consciente de adonde me dirigía, dejé que Celeste me acompañara hasta el final de la habitación. Corrió las cortinas que cubrían un enorme ventanal. Después, ante la atenta mirada del Consejo, abrió el balcón y me tendió la mano para que saliera.
El escozor de mis ojos aumentaba y sentía las primeras lágrimas nublándome los ojos. Seguí andando, ya sin la ayuda de Celeste. Empecé a ver a la gente. Cientos y cientos de personas, a cada cual más extraña para mí, se agolpaban debajo de aquel enorme balcón.
Cuando apoyé las manos en el borde y todos me vieron, la multitud rugió de alegría. Nadie parecía ver las lágrimas que corrían por mis mejillas.




Nadie, excepto el rey Dominic. Bajo un sombrero y unos ropajes del desierto se confundía entre la multitud, sin perder ojo de la nueva monarca. Mucho más joven y manipulable que Izel. Sólo debían darse prisa y acabar con los preparativos para que la muchacha no se adaptara. Ahora la región era muy vulnerable con una reina asustada y nueva, y era su momento. Él era Dominic. Él había descubierto secretos que nadie más sabía. Secretos ocultos durante siglos. Había aprendido a ver lo especial de las personas. Aquel era su momento. Sintiendo una emoción que no sentía desde hacía tiempo, soltó un grito de júbilo.

6 comentarios:

  1. Es muy interesante ;) Es más que eso, me encanta :D Sube pronto que es magnífica ;)
    ¡Un beso! ¿Qué pasará a continuación?

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  2. Hola guapa, me encanta tu novela, yo también escribo una, el problema es que no tengo seguidores, ¿le echarías un vistazo porfi? http://diariodeunahuerfanaadolescente.blogspot.com/
    gracias, un besazo enorme, sube pronto y sigue escribiendo así de bien (L)^^

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  3. ¡¡¡MI DOMINIIIIIIIIC!!! *________________________*

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  4. decirte que te sigo y me encanta tu blog y sobre todo tu historia me tiene super enganchadisima estoy deseando de saber mas y tambien quisiera decirte que te pasaras por mi blog es http://mina2611.blogspot.com

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  5. Por favor sigue publicando capítulos quiero leer más. Enserio, está muy bien tu historia. :) Besos y Saludos.

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